Había una vez... un pequeño pajarito que disfrutaba mucho de volar por las tardes antes de la puesta del sol. Le encantaba ver cómo es sol se ocultaba lentamente detrás de las montañas del valle, amaba subir aún más mientras la noche caía para ver por última vez los pocos rayos del sol que horas antes estaban en todo su esplendor dando luz a muchas partes del mundo.
Se sentía realmente afortunado pues nadie podía ver la puesta del sol como él, a excepción claro de las demás aves pero sentía que éstas no la apreciaban tanto. Pensaba que eran realmente unas aves tontas, ellas podían volar lo suficientemente alto como para poder seguir al sol pero no lo hacían ¿Por qué? No lo sabía pero si por él fuera no dudaría en seguir al sol hasta que éste le mostrara de dónde venía y adónde iba luego de ocultarse.
Las tardes observando eran realmente especiales, no sólo cuando veía el sol sino también cuando veía jugar a los niños con sus coloridas pelotas; se veían tan felices que lo contagiaban con sólo mirar. Cada día veía la puesta del sol desde un nuevo lugar, diferentes niños y diferentes juguetes, sus paradas en las casas de todo tipo de tamaño, color y antigüedad, se posaba en casas viejas que apenas y estaban de pie así como en las mejores casas; las más nuevas y grandes.
Su viaje lo llevó a un lugar que jamás imaginó que existiera, de hecho ni siquiera lo imaginó.
El azul que ahora veían sus ojos era el mejor, el blanco que iba y venía por encima lo hacía verse increíblemente hermoso; quería ir más allá para ver qué había pero su cansancio no se lo permitió, había volado lo más de lo que realmente podía y a menos que quisiera morir debía quedarse por lo menos un rato a descansar. Pero realmente no pudo, era bastante caprichoso y él mismo lo sabía, tomó una corta y no muy pesada rama de una de las masetas de los cuartos del hotel cercano y se aventuró hacia el enorme azul, supo que llevar la rama sería una buena idea ya que cada vez que se cansaba se acercaba al mar y descansaba sobre la rama mientras se deleitaba viendo y sintiendo el movimiento de las olas, incluso pudo ver aves diferentes a él; más grandes y de colores extravagantes.
Luego de tratar de ir lo más lejos posible, regresó al hotel
de donde había tomado la rama y la dejó en la misma maceta, decidió que sería
bueno descansar cerca de la maceta antes de encontrar un buen árbol y tal vez
un poco de compañía.
Se sentía realmente bien descansar luego de volar por mucho
tiempo, tenía la certeza de que cuando durmiera soñaría con el hermoso
descubrimiento que había hecho: el mar.
Entró en pánico, no sabía dónde estaba, largas y delgadas
barras de hierro lo rodeaban. Alzó la mirada y estaban allí, justo encima de
él, a su alrededor y lo más aterrador era que no podía salir. Intentó derribar
las barras, se golpeó una y otra vez pero no obtuvo más que muchos golpes en su
cuerpo.
Ahora en lugar de estar en una ramita observando de cerca las
olas las veía desde lejos, parado en una rama aún más gruesa y con barras de
metal impidiéndole salir y disfrutar de su libertad.
Gozó de volar sin restricción alguna pero ya no podía
hacerlo, ahora tenía que conformarse con ver a otras aves volar…
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